Dénia

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Dénia, donde tengo mis raíces.

jueves, 26 de febrero de 2015

El "autobusero" héroe

     Vaya por delante que utilizo el término incorrecto pero ampliamente extendido "autobusero" sin ánimo ni mucho menos despectivo, sino más bien otorgándole el respeto que me merece este servicio público.

     Hace unos días me encontraba en Valladolid, concretamente en Laguna de Duero, desplazado por trabajo, y me dirigí a tomar el autobús de conexión entre la mencionada localidad vallisoletana y Pucela. Hasta ahí nada fuera de lo común. Enfundado en mi chaquetón y bufanda para protegerme del intenso frío castellano, como otras veces, me dispuse a subir al bus y me sorprendió el primer detalle extraordinario de la tarde: "¡Buenas tardes!" Exclamó el autobusero con voz firme a la vez que amable y sonriente. Respondí cortés y ocupé mi asiento cerca del conductor. El conductor, siguió la misma mecánica una y otra vez para cada persona que entraba en el habitáculo. No importando si traían buena ó mala cara, si le miraban ó no ó si le respondían al saludo ó no. Uno por uno les dió las buena tardes con tono amable, alegre y cordial.

     Quizás si no reparamos en ello, nos pueda parecer lo más normal del mundo, pero dándole una vueltecita en nuestra cabeza nos daremos cuenta de que me encontré con un hecho realmente extraordinario. No por su dificultad, no por su complejidad, sino por la falta de costumbre de encontrar personas así. Y no hablo sólo de los autobuses, ú otros servicios públicos... que también.

     Extraordinario no es más que algo que está fuera (extra) de lo habitual (ordinario). Y esto para mí lo fue. ¿Cuántas veces entramos a un lugar y no nos dicen ni hola ó si nos lo dicen percibimos el tono triste y anodino de quien está hart@ de hacer lo que hace? ¿cuántas veces alguien nos transmite optimismo con el más mínimo gesto?... Lo dicho... extra-ordinario.

     Mientras reflexionaba acerca de aquello, no pude evitar seguir la conversación que inció el mencionado héroe con un pasajero al que por la confianza con la que hablaban entiendo que ya conocía de anteriores viajes. Éste, tratando de ser amable con el conductor le preguntó por cómo iba su día, y trató de empatizar con él haciéndole ver que entendía lo difícil que es tratar con la gente... a lo que el protagonista de este post, mi héroe, respondió sin perder ni por un momento la sonrisa que llevó todo el trayecto: "Doy gracias a la gente porque hacen mi jornada laboral más divertida". Ole sus hue... No era sólo una pose, ni una instrucción traída de algún curso ó manual de "atención al cliente" de esos que ocasionalmente suelo impartir yo... era una ACTITUD.

     Otro hecho extraordinario. Mi actitud determina la manera en la que interpreto la realidad, y no al contrario. La realidad no se elige, la actitud para afrontarla sí. Cuánta gente que ha pasado por mis cursos me ha dicho..."es que es muy difícil poner buena cara", "la gente es muy puñetera" ó "tu no sabes lo jod... que es trabajar atendiendo al público". Todos los trabajos, sin excepción, tienen cosas más agradables y otras menos, unas más difíciles y otras más fáciles. Eso es así. Limitarnos a hacer lo fácil, en mi opinión, tiene poco mérito; lo complicado, lo extraordinario... la heroicidad es hacer lo difícil... y para eso está la ACTITUD. Para hacer aquello que a priori nos cuesta más.

     Por ir terminando contaré mi última anécdota en el breve viaje de Laguna a Valladolid. En la parada anterior a la que iba a bajar yo, me acerqué a la puerta. El autobusero en lugar de cerrar de manera mecánica tuvo el detalle de girarse y preguntar amablemente si iba a bajar antes de cerrar. Otra muestra de que no era una pose. La actitud de servicio, de hacer bien el trabajo, de tratar bien a las personas (aunque a veces estas no nos correspondan como nos gustaría)... realmente extraordinario.

     Alguien dijo alguna vez que no podemos cambiar el mundo que nos rodea, la realidad en la que vivimos, la actitud de los demás. Discrepo. Con pequeños gestos, con pequeñas "heroicidades" como las que yo viví en esos 20 minutos se cambian actitudes, se provocan sonrisas y al final se ayuda a las personas a ser más felices... ¿os parece poco? A mí, en los tiempos que corren, me parece una auténtica heroicidad.

P.D.- Al día siguiente contando la anécdota a amig@s de la localidad, supieron a la primera a qué autobusero me refería. Lo extraordinario deja huella.